sábado, 5 de mayo de 2012

AQUEL


Parece que el tiempo no ha pasado
desde aquel septiembre,
¿te acuerdas?

Vivimos ese verano corriendo,
como en Fórmula 1,
(pronto y mal dicho:
a toda leche).

Arrancábamos las hojas del calendario
y parecía que no avanzaban los días,
que septiembre, cuanto más cercano,
nunca llegaría.

¿Sabes? Desde entonces vivo,
pero es distinto.
No sé si es por graduarme la vista
o porque me quedé ciega.

Ahora cada día tiene un color:
la mayoría grises (así es Pamplona),
a veces alguno azul
y otras verde hierba.

Nunca rosa, ya no más,
aunque de vez en cuando
sí hay atardeceres de tonos
anaranjados.

Siento en mi boca continuamente
regustos de amargura
porque noto que el tiempo se escurre...,
y que yo sigo anclada en septiembre.

Claro que hay ilusiones infantiles
en forma de caballo de Troya,
pero no cubren toda su esencia...
Yo me dejo engañar.

Sabiendo que no son duraderas:
juegos locos de chiquillos alocados,
cuando yo hace tiempo que renuncié
a la eternidad... Sí, desde aquel septiembre.

Suele ser siempre otoño
ahora que juego a vivir
y no vivo para jugar a vivir.
Árboles desnudos, hojas secas
que se pudren en el suelo,
viento preludio de invierno frío,
lluvia que granizas
sobre mí solo en aquel
día que se quedó para siempre
ahí.

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